Matador Scully Palo Cortado Viejo

Matador Scully, Palo Cortado Viejo

Hace sesenta y pico años nació en Jerez el primogénito de una nueva generación de bodegueros. Siguiendo la costumbre familiar, se guardaron cuatro botas del mejor amontillado del pago de Miraflores, en Sanlúcar –que ya andaría por los tres o cuatro lustros-, en lo más oscuro de la sacristía. Y bajo la alta techumbre de viejas tejas árabes sobre viguería de madera empezó a pasar el tiempo, entre rocíos y riegos del albero.

A la sombra de esta catedral sanluqueña propiedad de la familia Hidalgo, este amontillado que primero fue manzanilla vivió y se hizo grande impasible a lo que acontecía extramuros, que no fue poco. En este país república, golpe de estado y sangrienta guerra civil. En el exilio Picasso y el Guernica y más lejos Faulkner y Las palmeras salvajes. Después otra guerra, esta vez de alcance mundial, pero también Steinbeck y Las uvas de la ira, o Lauren Bacall enseñando a silbar a Humphrey Bogart quien, a su vez, más tarde mostrará a Katharine Hepburn cual es la forma adecuada de descender por un río africano con una destartalada lancha de vapor. Guerra en Corea, pero también genialidad. Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo, Pavese y La luna y las hogueras, Beckett y Esperando a Godot, Nabokov y Lolita. Y Billy Wilder, claro. ¡Y Marilyn Monroe!

Round Midnight de Thelonious Monk, Ella Fitzgerald y Louis Armstrong graban un maravilloso disco juntos y Miles Davis se junta con un puñado de genios para alumbrar Kind of Blue. Y por si acaso esto no fuera suficiente Sofía Loren y Claudia Cardinale, aunque también misiles en Cuba, Kennedy y Vietnam. Fellini, La dolce vita y Ocho y medio. Juan Rulfo escribe Pedro Páramo en México, Cortázar Rayuela en París, Heinrich Böll publica Opiniones de un payaso en Alemania y García Márquez Cien años de soledad en Buenos Aires, casi en el mismo momento que Bob Beamon vuela hasta rozar los nueve metros en México, lugar en el que, un par de años después, Brasil mostrará al mundo que el fútbol puede ser tan bello como una velada en el Bolshoi de Moscú. Un judío de Minnesotta nos canta que la respuesta está en el viento; cuatro genios de Liverpool se dejan el pelo largo mientras sus vecinos proclaman su simpatía por el diablo. Un guitarrista entre afroamericano y cherokee dispara las ventas de la Stratocaster justo cuando en Fender estaban pensando retirarla del mercado.

Y a todo esto ahí en Jerez, en la penumbra de la bodega, seguían regando el albero para mantener la humedad constante y ese amontillado había cumplido ya los cuarenta años de reposo sin demasiados ruidos ni sobresaltos, pese a Sam Peckimpah y Vito Corleone. Y Black Sabbath, Deep Purple y Led Zeppelin atronando escenarios, aunque también Astrud Gilberto y su voz de terciopelo, Keith Jarrett en Colonia y Harrison Ford como Han Solo, Rick Deckard e Indiana Jones en apenas cinco años. Y así pasan la tele en color y Maradona, Springsteen y Las personas del verbo de Gil de Biedma, Freddy Mercury y La leyenda del tiempo de Camarón, mientras un canadiense discreto y seductor nos convencía para conquistar primero Manhattan y después Berlín. Hubo hasta unas olimpiadas en Barcelona y un Jeff Buckley sensible y desubicado a la sombra de Nirvana, mientras Morente escandalizaba a los puristas del flamenco y todos nos conectábamos a Internet.

Estamos en 2001. Se registra el Réquiem de Verdi en la filarmónica de Berlín con Claudio Abbado a la batuta. Todavía con la resaca del nuevo milenio a cuestas, alguien decide comprar lo que queda de ese amontillado que la magia ha ido acercando a palo cortado. En total serán 2150 botellas de 37cl que se distribuirán junto con la revista Matador y un cuaderno de dibujos de Sean Scully, que también diseña la etiqueta. Pero el tiempo no se ha detenido todavía. El vino ha cambiado la bota de roble americano por el cristal de la botella, pero sigue vivo y cambiante. Cámaras digitales y teléfonos móviles, cada día más conectados, más vigilados y más solos. Pero me voy por los cerros de Úbeda.

El treinta de octubre de 2012, ochenta años después de que ese vino entrara en su bota, recibo una llamada de mi amigo Juan Luis: “Estoy en Monvinic con Fernando. ¿Te apuntas?”. El binomio Monvinic y Fernando es sinónimo de alegre descorche de grandes vinos, así que no dudé. Terminé de cenar y poco después de las diez llegaba justo para ayudarles a terminar un Jacques Selosse Rosé. El grupo de enófilos lo completa Álvaro Girón, que ya para cerrar la noche –en Monvinic sólo quedamos nosotros- se saca de la chistera el Matador Scully.

He tomado pocos vinos que me den ganas de llorar de emoción, pero sin duda que este ha sido uno de ellos. Es el vino total, perfecto, redondo. El vino imposible de repetir. Un amontillado que gira hacia palo cortado de ochenta años de vida. Reverencias y música de cámara. Que suenen los violines y un aria de Mozart, un solo de trompeta de Miles Davis o A love supreme de Coltrane. Describirlo es quedarse corto, como intentar describir la poesía: hay que vivirla, pues este vino es poesía líquida. De intensidad aromática apabullante, polvo de cantera, madera de barca, ebanistería, salitre, barniz, nueces, avellanas, vainilla, caramelo, piel de naranja seca, punzante y envolvente, elegante y amplio, mineral y con una persistencia infinita, de horas y horas en la boca tras haberlo tomado. Me dice Álvaro Girón después de darme la botella –no lo hemos terminado- que lo guarde una semana para que termine de abrirse. Han sido cuatro y este lunes lo hemos vuelto a disfrutar -esta vez con otros amigos- a pequeños sorbos, disfrutando y lamentando el fatídico momento que terminemos la última gota, aunque el recuerdo que nos dejará será indeleble. Es sin duda la sublimación del vino. Probablemente lo mejor que he bebido en mi vida.

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