Messa da Requiem de Verdi (según Claudio Abbado)

Hay días en los que uno piensa que mejor habría hecho no saliendo de la cama. Con la legañas todavía pegadas descubres que se ha terminado el café –de hecho lo viste ayer, pero se te olvidó comprarlo–, en el trabajo a tu jefe se le cruzaron más cables de lo habitual y por si eso no fuera suficiente, por la tarde tienes cita con el dentista para que hurgue en tus muelas y sobre todo en tu bolsillo. Como colofón, llegas a casa pensando que será ese lugar apacible y acogedor que todos deseamos y descubres que precisamente hoy tu mujer está en modo autista y apenas si puedes arrancarle cuatro monosílabos escupidos con desdén y ese conocido –me estás molestando– tono de impaciencia.

Así que te sientas en el sofá, te sirves una copa de palo cortado y pones en el equipo de música –con auriculares, eso sí, no vayas a molestar- esta joya que es la Messa da Requiem de Verdi dirigida por Claudio Abbado en (y con) la Filarmónica de Berlín -la impresión que produce estar ahí corta la respiración-, una pieza que por si no fuera suficiente con su belleza, la carga emotiva que supone esta representación en particular –Abbado demacrado agarrándose a la vida mientras un cáncer se lo está comiendo por dentro– la convierte en algo difícil de superar. Esa parte última de la obra, con el coro susurrando un estremecido “libera me, Domine, de morte aeterna” y el conmovedor final, con unos eternos diez segundos de silencio por parte del público en los que vemos a Abbado tragando saliva dolorosamente, respirando apenas con una mano en el pecho, abandonando sus brazos como si ya no pudiera soportar su peso y entonces la grandiosa ovación. La fabulosa paradoja de un Réquiem que es un bellísimo canto a la alegría de vivir.

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